sábado, 22 de mayo de 2010

El amante eterno

¿Quién formó tus labios, amado, de tan divinos pétalos, de tan fragantes rosas? ¿Quién tus ojos de agua clara, profundos y límpidos como un arroyo en su correr? ¿Quién, tu alma traidora, llena de embustes y espinas, irreverente e inabarcable como el abismo más profundo?
Que todo en ti es perfección mi corazón lo sabe con certeza; mas aun así hay algo en ti que no logro comprender. ¿Pero acaso he de comprenderte cuando ni tú mismo comprendes el por qué de tus razones?
Eterno es tu nombre y mi desdicha, concebidos ambos de un mismo tronco y raíz. Eterna también es mi torpeza, pues no consigo alcanzarte ni te alcanzaré jamás por mucho que lo intente. Eterno es mi dolor, que no puedo controlar ni ahogar en el fondo de mi pecho…
Bien por ti, amante eterno, que no sufres ni padeces el vértigo del amor; que yo, de ti prendada, me desgarro por dentro ante tu incomprensión.

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