miércoles, 26 de mayo de 2010

El ruiseñor

Cual canta el ruiseñor en el arroyo, con melancólicos trinos de primavera, así palpita mi corazón en un pecho del que quiere liberarse a toda costa. Y el viento sopla entre el ramaje, fiero cierzo o aquilón destemplado, intentando retener en la infinitud la estación pasada y el tiempo no usado.
El ave pese a todo se convida y, acompasando al rumor del agua clara, entona de continuo un nuevo canto. Las hojas tiemblan; parecen conmovidas por la tristeza que del pájaro en efluvios emana. Su trino nostálgico semeja al primer amor que no abunda ni en demasiada alegría ni en demasiada profundidad.
“¿Para qué conocer el amor- me digo entonces-, si falso es el querer del que es amado, pero no entrega nada de sí mismo salvo la soledad que lo acompaña?”

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