martes, 14 de abril de 2015

Don Miguel



-¡Valgame el Cielo!- exclamó aquel hombre incorporándose de su asiento-. ¿No es don Miguel de Alcaraz, el vástago de mi querido primo?

-En carne y hueso.

-¡Ah!- suspiró acercándose para abrazarlo-. ¡Si eres como un hijo para mí!

-No será tanto- le quitó importancia al asunto el tal Miguel de Alcaraz.

Luego, con un ademán de bienvenida, aquel buen hombre le invitó a sentarse a su lado. Sacó un poco de polvo de rapé de su bolsillo y se lo ofreció a don Miguel. Él lo rechazó con un mohín.

-No estoy acostumbrado a esas cosas.

-¿Y no fumaba opio tu padre en París?

-Esos eran otros tiempos. Hoy me consuela el hecho de que mi progenitor descanse en paz después de haber vivido una vida tan azarosa.

-¿Azarosa?- se carcajeó el otro-. Tal vez sea así. Bien es verdad que se le conocía en París como un calavera más que como el gran hombre que luego fue; un truhán redomado, como se diría. Menos mal que al final de su vida, cuando tú naciste, se reformó y olvidó sus costumbres relajadas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario