lunes, 20 de abril de 2015

El hermano Abel



No era un fantasma quien surgió de entre la niebla, pero se le parecía por su singularidad. Después de ciertos años de ausencia, el hermano Abel regresaba a su hogar con más aspecto de muerto que de vivo. Llevaba puesta su sotana (aunque era tan macilento su aspecto que más diríase que la sotana lo llevaba puesto a él) y caminaba con un aire fantástico, oscuro, mientras recorría las callejuelas de Madrid y sus callejones sombríos. Había algo siniestro en su mirada, algo tormentoso que no sería posible definir con palabras. El caso es que, en el silencio y el taciturno sosiego de la noche madrileña, pasó desapercibida su figura entre los pocos transeúntes que se mantenían en insomne estado.
Por su parte, cuando creyó haber perdido el rumbo, cuando se consideró perdido en la vacuidad de la noche, alcanzó una puerta de madera de roble y llamó repetidas veces.
-¿Quién va?- preguntó una voz.
-Monseñor Abel.

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