domingo, 12 de abril de 2015

Elegía Quinta a Carino



V

Rebelde un día, querido Carino, tu cinta de los Seres soltaste, y tu cabello ondulado semejó más bello que el de Jacinto apolíneo o el de Narciso receloso. Y yo te idolatré porque amaba Pompeya y consagraba un pedazo de esta tierra en las letras que ahora te escribo. Tú fuiste, pompeyano, el primero en amarme. Así yo te irrogué en mi deseo, y te puse en lo más alto de la literatura. Tú, personaje inventado, jamás serás pasto de habladurías, pues tu persona existe exclusivamente en mis escritos, y como tal yo te venero, héroe de mi invención.
Y ahora, venerable hijo de Roma, ¿adónde encaminarás tus pasos? ¿Qué sitios mostraran tus remembranzas, que nunca se olviden? Quizá la Caria, quizá el Tempe nemoroso o el alto Atos, reservado al varón intrépido, quizá la sepultada Herculano que corrió la misma suerte de Pompeya, o la metrópoli de las siete colinas, reina de los tiempos en que te estableciste.
Mas tú, ilustre amigo, ¿te acordarás en tus viajes de tu adorada creadora? Allá en el lazo de otros brazos, si otros besos liban tus joviales labios, sabrá Carino lo que es lujuria, pero siempre desconocerá lo que es el amor. Esos besos ajenos se dan como quien reparte limosna, porque el alma no se entrega con ellos.

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