miércoles, 15 de abril de 2015

Escena sin final



Como si se repitiera en un espectáculo sempiterno, aquella escena última de la película se repetía como en el “eterno retorno” de Nieztsche. El director ordenaba que se rodara entera esa dudosa parte que parecía no tener final. Los actores, nerviosos, se quejaban continuamente de que estaban cansados de aquella situación. El mismo escenario, los mismos focos, el vestuario de los años 20 con el jazz de fondo o el charlestón más rítmico, se convirtieron en un rito pagano del que los intérpretes no lograban salir. Se hallaban congelados en una instantánea perenne que los reducía a simples entes de un drama trasnochado.
-¿Cuándo acabará este suplicio?- preguntaba una actriz retocándose el carmín.
-Cuando sea necesario- respondía el director, más calmado que ninguno de los allí presentes.
Pero el círculo vicioso de aquella tragicomedia era algo eterno e imposible de romper. Encadenados a su suplicio, los actores representaron la escena con parsimonia hasta que pensaron que era hora de descansar.
Entonces un golpe de claqueta les interrumpió en su pausa.
-Rodémosla de nuevo- ordenó el director.

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