lunes, 20 de abril de 2015

La obstinación



Me costó mucho al principio darme cuenta de mis propios errores, del daño emocional que le causaba mi mal humor a mis semejantes. Aunque antepuse un juramento de fidelidad, sobre todo, a aquellos a los que debía pleitesía, nunca me disculpé ni fui consciente en verdad de mi ira. Tenía mucho carácter y lo reconocía: una resaca psicológica de flujos que van y vienen y que te absorben sin remisión, que te arrastran hacia un torbellino de furia.
Me obstinaba en parecer fuerte ante el peligro, en considerarme el número uno por mi sobriedad y orgullo, ya que nunca pedí socorro a ningún ser humano ni me auxilió su clemencia en el momento de flaquear mi carácter o de declinar en su hostilidad. Siempre fui un terco, un incorregible cuya obstinación me llevó casi hasta el punto de perder la cabeza.

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